De niño solía fantasear con la idea de que por una hora el mundo entero se paraba; todos quedaban congelados y el único que podía andar a sus anchas era yo. Recuerdo que me veía a mí mismo entrando y saliendo de las jugueterías con bolsos cargados que arrastraba luego —con visible dificultad— hasta mi casa. Hoy sigo soñando con lo mismo, pero reemplacé las jugueterías por bancos y financieras.
